La primera luz del alba 
    Experiencia de una "novia de guerra" japonesa 

por Toshiko Caywood 

[Tomada de la colección de las experiencias de los miembros de la SGI " La primera Luz del alba".] 

Era joven cuando experimenté la tragedia humana del Japón durante la segunda Guerra Mundial. Mi familia sufrió económica y espiritualmente al ver morir a tanta gente y un país destruido, con sus casas reducidas a cenizas. Muchos sobrevivientes no tenían vivienda ni comida y mis esperanzas y sueños de un futuro feliz se desvanecieron. Lo único que me quedaba era abandonar mi país y comenzar una nueva vida en los Estados Unidos. 

Conocí a un militar norteamericano de ascendencia africana y nos enamoramos. Aunque mi familia me repudió, juré que no me separaría de él pasara lo que pasara, así que nos casamos y vinimos a los Estados Unidos con grandes esperanzas de tener una vida nueva y maravillosa 

¡Qué equivocada estaba! Nos mudábamos continuamente y me sentía aislada, en un país extraño y sola entre gente tan distante y con una forma de vida tan diferente 

Me di cuenta de cuanto prejuicio había al ver lo difícil que nos resultaba encontrar un buen lugar para vivir. La gente que en principio quería alquilarnos un apartamento, cambiaba de opinión al ver a mi marido. Saber que teníamos un niño pequeño no les hacía cambiar de parecer. Muchas veces nos negaron alojamiento y servicios y dormir en el coche con mi marido y mi bebé de cuatro meses llegó a hacérsenos habitual. 

Comencé a sentir lastima de mí misma y sin ninguna esperanza en el futuro acompañanba a mi marido en todas estas vicisitudes. Cuando por fin nos mudamos a una base militar pensé que las cosas nos irían mejor. Sin embargo los prejuicios continuaron y los miembros de iglesia local, que aparentemente trataban de ayudarnos, me rechazaban cuando aparecía en los servicios religiosos con mi familia. Mi marido que entendía mi sufrimiento pidió el traslado a Hawai pues creíamos que allí la vida seria diferente. 

En Hawai encontré que la gente era mucho más tolerante con los matrimonios interraciales, pero lo que más me sorprendió fue que tres alegres mujeres llamaran a mi puerta un día para invitarnos a una reunión de la Soka Gakkai Internacional (SGI). Convencida de su sinceridad y con la esperanza de una vida mejor, recibí el Gohonzon en 1964. 

En poco tiempo mi vida experimentó un giro dramático. Los miembros de la organización me aceptaron cariñosamente y dieron la bienvenida a mi familia. Eran el apoyo que necesitábamos para ser felices. Se esforzaron en enseñarme cómo obtener beneficios a través de la de la práctica básica de gongyo, daimoku, y shakubuku. Yo jamás me había topado con gente que realmente se preocupara por el desarrollo o la felicidad verdadera de los demás y en pocos meses desaparecieron mis sentimientos de aislamiento y soledad. 

Aprendí a apreciar las actividades y desarrollé un profundo deseo de ayudar a otros en la práctica budista. 

En 1973 mi marido se retiró del servicio militar y nos mudamos a Portland, Oregon. Aunque él no era budista, apoyaba mi práctica al cien por cien. Pero pronto comenzó a beber y a no volver a casa por la noche, lo que me llenaba de preocupación. 

Me volqué en las actividades. 

Cuando mi marido me abandonó no podía creer que me estuviera pasando algo así. No tenía a quien recurrir, así que fui directamente al Gohonzon. Entre llantos encontré un párrafo del Gosho "Carta a Los Hermanos" que dice: ôSea cual fuere el problema que surja, consideren que es pasajero como un sueño y sólo piensen en el Sutra del Loto." 

Tomé la decisión de practicar con valentía y sin dudar del poder del Gohonzon y pese al esfuerzo de tener que mantener por primera vez sola a mi familia y adaptarme a vivir sin la compañía de mi marido, sentía una alegría increíble al ver crecer a los miembros y al hacer shakubuku. 

El deseo de que mi marido volviera nunca cesó. 

Un día, alrededor de las 3:30 de la madrugada, me despertó un ruido en la sala de estar; era la voz de un hombre. Al principio creí que estaba soñando pero cuando caí en cuenta de que no era así, me asusté y me levanté . Mi corazón latía muy rápido pero cuando llegué a la sala, encontré a mi marido entonando Nam-Mioho-rengue-kio ante el Gohonzon . Viendo a mi marido de espaldas recordé las noches que pasé sentada frente a aquel mismo Gohonzon llorando y cantando por su protección. Mis oraciones habían sido contestadas. 

Me arrodille detrás de él, tratando de armonizar mi canto con el suyo, entre sollozos de felicidad y profundo agradecimiento al Gohonzon. 

Actualmente mi marido es responsable de distrito. Ha recibido muchos beneficios y ha superado muchos problemas, entre ellos dejar de beber y de perseguir a otras mujeres. Le gusta mucho hacer shakubuku y si un miembro tiene dificultades animando a alguien con la práctica, le piden apoyo. Al ver a mi esposo tan relajado y con tanta confianza en el Gohonzon, la gente decide practicar naturalmente. 

El alegre sonido de las reuniones sigue llenando mi casa de inmensa fortuna y nada me hace mas feliz que ver a los miembros participar libremente en actividades para el kosen-rufu. 

No escatimaré ningún esfuerzo en propagar este gran budismo el resto de mi vida. 

(Traducida y editada por Maria Serrano-López y Angi caperos)


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