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En el Palco de la Vida 

Buenas noches. Me llamo Gustavo Böhm, tengo 38 años y soy Responsable de Señores del Area Florecer, Area General Recoleta. Agradezco a quienes me están ofreciendo esta oportunidad de contar mi experiencia, que espero sirva de aliento para todos. 

Cuando conocí la Ley me entregué con fuerza y constancia a la práctica. 

Centré mi dáimoku fundamentalmente en la salud de mi ex pareja, quien falleció en julio de1996. En noviembre de ese año recibí Gohonzon. Creo que en realidad fue un gran beneficio para mí que misprimeros tiempos de práctica se centraran en cuidar de la vida de Marcelo. Aun después de su muerte mi oración más firme y poderosa se dirigía a él. Tiempo después conocería esas palabras de Nichiren Daishonin que dicen: 

"La vida humana es fugaz e impermanente. El aire que uno exhala no espera labocanada siguiente. Ni siquiera una gota de rocío a punto de ser llevada por el viento basta para describir su transitoriedad. 

Nadie, sabio o necio, joven o viejo, puede escapar a la muerte. Por eso, pensé que uno debería, ante todo, aprender acerca de la muerte: luego, aprender sobre otros asuntos".
11 Gosho Zenshu, p. 1404 

Cuidar de él fue la primera gran responsabilidad que asumí desde la práctica. 

De cualquier manera, yo sentía en lo profundo un gran dolor por no haber logrado que cantara Nam-myoho-rengue-kyo. Yo cantaba por él, a su lado, pero a veces creo que en ese momento me faltó coraje para llegar más allá y ya que el tema de hoy es el triunfo, es necesario no dejar pasar la idea de que el triunfo es resultado de una acción con coraje. Algo debe haber cambiado en mí en medio de esa experiencia, sin embargo, porque enseguida comencé a hacer shakubuku, y realmente no me fue problemático llegar a los demás. El primero de ellos que recibió Gohonzon me apareció en la obra que estaba ensayando cuando comencé a practicar. En la segunda obra en la que trabajé ese año hice otros dos shakubuku, de los cuales uno recibió Gohonzon tres años más tarde. Además, instado por los chicos de la División Juvenil Masculina, me entregué de lleno a diferentes actividades: reuniones, convenciones, visitas hogareñas. Encontré un lugar invalorable en las reuniones semanales de jóvenes de lo que en esa época era el Area Recoleta. 

Allí me puse el objetivo personal de conseguir trabajo como actor y vivir de mi profesión. Esta experiencia es una crónica de lo que fue pasando con ese objetivo. 

En 1997 rechacé un ofrecimiento del Teatro General San Martín porque estaba ensayando un rol protagónico en otra obra, y no logré llegar a un acuerdo con el director que me permitiese realizar ambos trabajos. Lo duro para mí vino poco después, cuando el director y el adaptador del proyecto que yo había elegido hacer estafaron a la cooperativa y a los productores asociados. Lo sorprendente fue que, por una circunstancia equis, fui yo una de las personas que descubrió la estafa y fui yo quien llevó las cosas hasta las últimas consecuencias. Reflexionando luego sobre lo ocurrido, me di cuenta de cuál había sido el beneficio para mí: Yo oraba para producir dinero dentro del ámbito de mi profesión, y lo que me ocurrió fue tener que enfrentarme a una situación de estafa y solucionarla de alguna manera. Esta circunstancia generó una conciencia diferente de mí mismo y mi manera de plantarme ante los problemas. 

Por esa época, decidí dejar la División Juvenil Masculina, de la que poco tiempo pero intensamente había disfrutado, y de cuyos integrantes tanto había aprendido. Como se me presentaban dudas sobre esta decisión, pedí orientación a responsables tanto juveniles como de señores y, finalmente, decidí crecer y asumirme como adulto. Tenía ya 35 años y no dejaba de comportarme como un veinteañero. 

Pensé que debía estar en la División de Señores para poder hacer mi revolución humana entre mis pares, y así apoyar también a los jóvenes, pero no escondiéndome entre ellos, sino aceptando mi rol de adulto en la sociedad. Es decir, poner mi adultez en función del kosen-rufu. La división de señores casi no existía en mi zona, y fue un magnífico desafío para mí el ayudar a levantarla.

En 1998 me convocaron nuevamente del TGSM para una prueba para la obra SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR. La dí y quedé en un personaje menor. Una vez dentro del teatro, me propuse que cada una de las personas con las que entraba en contacto conocieran la Ley. 

Llegó un momento, durante las funciones, en el que cantábamos dáimoku en los camarines, repartidos en dos grupos. Lo hacíamos antes de comenzar la función, y yo me quedaba unos diez minutos en un camarín y unos cinco minutos en otro para cantar con todos. Quién más seriamente fue tomando su compromiso con la práctica a partir de su propia prueba real fue Rita Cortese. Ella recibiría Gohonzon al año siguiente. 

Cuando la obra bajó, me puse el objetivo de tener, en un futuro proyecto del teatro, un Personaje Secundario Importante y, como una antecesora me había dicho que debía poner la cantidad exacta que yo quería ganar, decidí cuánto sería. Paralelamente estaba actuando en una obra en cooperativa, donde profundicé los diálogos con un shakubuku que cumplía una función de asistente, y que actualmente también es miembro y participa activamente en la DS. 

Para esa altura yo estaba muy entusiasmado con las pruebas reales, y no me asombré cuando me convocaron para audicionar para un espectáculo comercial que dirigiría Oscar Barney Finn. Luego me daría cuenta de que esta falta de asombro de mi parte, escondía también falta de agradecimiento. 

Dice nuestro maestro Ikeda: 

"Cuando tenemos acceso a algo todo el tiempo, por muy sublime y elevado que sea, nos exponemos a perder el sentido del agradecimiento. Sólo cuando perdemos eso que era tan importante para nosotros, y que tanto beneficio nos había dado, comenzamos a apreciar realmente su enorme valor..." 
22 Daisku Ikeda en La sabiduría del Sutra del Loto, fascículo 18, p. 32. 
Yo cantaba, en esos días, de tres a cuatro horas diarias de dáimoku y tenía plena convicción de que ese personaje, que por otro lado me encantaba, iba a ser mío. Quedé preseleccionado con otro actor, pero confidencialmente, la asistente me aseguró que la balanza se movía hacia mi lado. Y de pronto, todo cambió. Ni él ni yo fuimos convocados. Un tercer actor fue impuesto por la producción. ¿Cuál fue mi reacción? Me deprimí. De pronto cantaba diariamente menos de quince minutos y hacía ambos gongyos acortados. Esta sensación de incomprensión de lo que había ocurrido me duró un par de meses, y todo ese tiempo tuve detrás, cotidianamente, las llamadas telefónicas y el aliento de una querida antecesora que ya no está con nosotros. 

En 1999 me entero de que Laveli regresaría a Argentina a dirigir MEIN KAMPF, FARSA. Instado por Rita Cortese, que funcionó en todo momento como una diosa protectora, le entrego un material al director del teatro ofreciéndome directamente para el personaje de Hilter, una acción verdaderamente impensable para el Gustavo de un tiempo atrás. A los pocos días, a pesar de enterarme que el actor ya estaba elegido, decidí mantener mi objetivo. Lavelli me informa luego que no hay personajes para mí en esa obra. Nuevamente alentado por Rita vuelvo a llamarlo y le explico que, fundamentalmente, a mí el San Martín me soluciona los problemas económicos y que, aunque fuera en un rol muy pequeño, me encantaría trabajar con él por el aprendizaje que esto significa. Me dieron entonces un personaje menor. 

Me puse muy contento y pensé que los objetivos que me había puesto ya se concretarían en otro momento. De cualquier manera, cuando me ofrecieron el mínimo que estaban pagando para mi categoría, pedí más y, consultas mediante, me aumentaron. La cifra estaba por debajo de aquella que yo había puesto en mi objetivo el año anterior, pero lo más interesante estaba aun por llegar. A causa de unas cuestiones de salud, renunció uno de los protagonistas y pasó a hacer su trabajo otro actor, que tenía a su cargo un personaje secundario. En mi imaginación apareció enseguida la idea de ofrecerme para esta vacante, pero inmediatamente me paralicé. Me entró la duda y el temor, sentí que ya estaba bastante bien con lo que había logrado. Pero por otra parte, esta posibilidad respondía exactamente a aquel objetivo de un año atrás de "personaje secundario importante" y, a pesar del pánico, me centré en el dáimoku. Tuve que superar varios obstáculos para dar esa prueba: las dudas del director en relación a mi físico y lo que él se imaginaba del personaje; una cierta oposición por parte de algún funcionario del teatro que quería ubicar en ese lugar a amigos propios; y, fundamentalmente, mi propia negatividad. Rita también estuvo allí, ayudándome a preparar el texto. Di la prueba junto con otras doce o quince personas y esperé. Sentía una inmensa alegría por haberla dado y ya no guardaba una expectativa como la que había tenido para lo de Barney Finn. En una visita hogareña que hice en esos días, conté esta experiencia como prueba real, centrándome en que yo sentí por primera vez desde que practico qué cosa es eso de la simultaneidad de causa y efecto. Más allá del resultado inmediato, yo sabía, percibía con claridad, que algo ya había dado un vuelco en mi carrera profesional, que algo había cambiado, más allá de que se manifestara inmediatamente o no. Es decir, pasara lo que pasara, ya había triunfado. Había triunfado sobre mí mismo, sobre mi manera de ver las cosas y de lanzarme al ruedo de las posibilidades haciéndome dueño de una situación en lugar de espectador pasivo. Me sentía feliz y realmente no me amargué cuando, por un malentendido de mi representante, recibí la noticia de que no había sido seleccionado. 

Inmediatamente me senté ante el Gohonzon y agradecí la oportunidad que había tenido, por medio de esa circunstancia, de grabar la causa que yo sabía que había modificado el curso de mi carrera. Más tarde, ese mismo día, llegué al teatro y para mi sorpresa me avisan había sido preseleccionado y debía dar otra prueba más. Surgió en mí la sensación de que debía superar un desafío muy personal: Este tema de ser preseleccionado, de estar "ahí nomás" y finalmente no quedar para el papel, ya era historia conocida para mí, no solo por lo de Barney Finn, sino por varias otras situaciones previas. Un amigo mío me dijo: "¡Basta de especializarte en preselecciones! ¿Cuándo vas a llegar al final?" y yo interpreté eso como "Tengo que cambiar una cuestión kármica". Allí fue mi oración. Esa noche me sentía cansadísimo pero tenía que dar la prueba después de terminado el ensayo. Finalmente se hizo muy tarde, y Lavelli decidió tomármela al día siguiente. Mucho más descansado y mejor preparado, di la segunda prueba y fui aceptado para hacer el personaje, por el que me aumentaron el sueldo, llegando así exactamente a la cifra que me había puesto como objetivo el año anterior. 

Ahora que la obra terminó es tiempo de agradecer y de redoblar la apuesta. Es decir, la apuesta por el kosen-rufu. Está claro que estamos pasando por un momento maravilloso y difícil para la organización. 

Maravilloso porque estamos muy cerca de alcanzar el 3 de mayo del 2001, fecha mística que nos pone ante la responsabilidad de proyectar junto a nuestro maestro Ikeda una nueva etapa para concretar un mundo de paz y de respeto, donde podamos ser felices aceptándonos tal como somos. Difícil porque el solo hecho de tomar seriamente esta decisión hará surgir también nuestras más profundas negatividades y no podemos darnos el lujo de intentar sostener una organización tan maravillosa como ésta basados en la oscuridad fundamental de cada uno de sus integrantes. En lo general, mi objetivo de triunfo está en el logro de los 4000 jóvenes sucesores de sensei; y en lo personal, en un desafío a mí mismo que es: 

Aceptarcada nueva situación, sea cual sea, como una oportunidad más para realizar mi misión. 

DECIDIRclaramente qué hacer con esa oportunidad sabiendo que concretar mis objetivos con éxito es parte de mi misión. 

Orary actuar en pos de esos objetivos casi hasta el absurdo, sabiendo ya por experiencia que, si actúo de esa manera, voy a tener la convicción de haber grabado la causa con su efecto latente que sin duda, si no aflojo a mitad del camino, se manifestará. Dice Nichiren Daishonin: "No hay oración que quede sin respuesta". 

Quiero expresar mi agradecimiento a Ikeda sensei, porque cada día que pasa descubro que sus orientaciones, más que cualquier otra cosa, se transforman en la llave que abre nuevos espacios en mi vida. Agradezco fundamentalmente al Gohonzon y a Nichiren Daishonin que nos alienta constantemente a través del gosho. 

Por último, quería agradecer a todos los responsables que en este corto pero intenso periodo me ayudaron a tomar conciencia de mi responsabilidad con mi propia vida y la de los demás, y a modificar positivamente las relaciones con mi entorno. Muchas Gracias.